jueves, febrero 09, 2012

Justo que pensaba en vos, nena, caí muerto

García, Páez, Calamaro y Gieco aplauden a Spinetta, aquí o allá...

El 16 de agosto del 2002 pude ver, por fin, a Spinetta en vivo. Tocó en el teatro de la Casa de la Cultura, un show poderoso con su trío de ese entonces -con el gigante Malosetti en bajo-. La gente le pedía Durazno sangrando y no la tocó, así como tampoco tocó Seguir viviendo sin tu amor. "No estamos en temporada de duraznos", dijo. No importó. Y no importó porque uno no tiene que pedirle nada a Spinetta. Él fue siempre de esos genios de carácter fuerte, un tipo al que se le tenía que complacer en lo que pidiera, y no porque haya sido un prepotente o se haya creído más grande que el resto, sino porque sabía la valía de su trabajo y, por eso mismo, pedía lo justo. Así la Sony tuvo que aceptar sus condiciones cuando publicó el primer disco de Spinetta y los Socios del Desierto, un rock del bueno, lleno de poder, del que sólo se hace en Argentina y que sólo él fue capaz de crear, un disco que se vendió más que bien, aunque por acá llegó demasiados años después. Por ser uno de los dioses del rock argentino se pudo dar el lujo de convocar a todos los integrantes de sus bandas de la vida y a un montón de tipos más, capos todos, en su show de aniversario al cumplir cuarenta años de carrera, en la cancha de Velez -donde la Liga obtuvo el paso a la final de la Sudamericana 2011, mientras los otros nos miraban por TV- ante 37000 personas, 37000 afortunados que no olvidarán esos momentos jamás. El Flaco no buscó lucirse esa noche porque no lo necesitaba. Nunca lo necesitó. Invitó a tantos amigos para que ellos se luzcan, para que ellos se paren al frente, toquen los solos, canten y se ganen las ovaciones. Él se quedó un pasito atrás, sobrio, desplegando al amplio arsenal de acordes complicados que hace de sus temas algo irrepetible, incopiable, inconfundible. Siempre con la sonrisa en la cara, disfrutando del momento, se subió para siempre al Olimpo del rock argentino.

Ayer murió y la noticia, como suele suceder en esos casos, golpeó fuerte. Como todos quienes gozamos de su música, he pasado las horas escuchando sus discos y recordando ese día, el del concierto al que fui con el Pancho. Fue algo absurdamente barato -costó siete dólares- y lo peor de todo es que me quedé con una entrada porque el Emo no alcanzó a ir. Fue tan bueno, un verdadero "recital", no uno de esos conciertos en los que uno salta como loco y rockea. Disfrutamos sentados la mayor parte del tiempo de ese talento, la solidez y potencia del trío, ese sonido y el derroche de virtuosismo. El teatro estaba a reventar y la gente aplaudió y aplaudió sin cansarse. Al final, un tipo se subió al escenario y le dio la mano a Spinetta antes de que lo llegaran a sacar, con inusitada suavidad y tino, los de seguridad.

Todavía estoy en deuda con Spinetta porque no le he dedicado toda la atención que su música se merece. Un tipo cuyas composiciones hacen alarde del genio y el talento lírico y musical que habitaban en él, siempre le exige al público un poco de dedicación. Debo confesar que algunos de sus temas me resultan difíciles porque sus capacidades le brindaban toda la libertad de hacerlos complicados, sin que eso signifique que lo hacía "a propósito". Era un genio que estaba varios pasos delante de todos nosotros. Lo que para nosotros puede resultar complicado, para él era lo normal, lo justo. Quién como él. Como dice García: si fuera un árbol, sería un Spinetta.

No hay mucho que uno pueda hacer en momentos como éste, mandar toda la buena energía a quienes lo aman más que yo. Tengo una amiga que debe estar de luto, la mayor amante de Spinetta que conozco y con quien pude conversar de la música del Flaco, con alguna cerveza que no llegó a estar de más, mientras Quito se estupidizaba en sus fiestas y sus chivas.  Fuerza, que tenemos todavía su música para rato... un abrazo virtual a la distancia.


Tengo una pena mayor a la que hubiera creído que me embargaría en esta terrible ocasión. Lo peor de todo es que Cerati va a sentir un dolor mucho mayor que el mío cuando despierte -porque lo veremos volver-. Flaco, qué calor hará sin vos en verano...



CEMENTERIO CLUB

Recordar las estrellas que hemos perdido y pensar, a suerte y verdad, nuestro porvenir...
Serú Girán
(Mientras miro las nuevas olas)

No es solo por la muerte del Flaco. Desde hace un tiempo el mundo ha visto reducida su población de estrellas de rock -de esas que forjaron el camino que hoy transitan, distraídos, quienes no hubieran podido hacerse una carrera en la música sin los ahora dinosaurios que nos han alimentado de música toda la vida-. Se nos vienen yendo tipos como George Harrison, Ray Charles, Robert PalmerJohnny CashJames Brown, Pappo, Laura Branigan, Oscar Moro, Syd BarrettEric Woolfson, Guille Martín, Richard Wright, la negra Sosa, Jeff Healey, SandroRonnie James Dio. No se puede evitar un temblor al enterarse que Jon Lord y Tony Iommi tienen cáncer. El tiempo no perdona ni a quienes debieran ser eternos. Sólo sé que en el cielo debe ser Woodstock todos los días, todas las noches, y cada vez más talento se les suma, sin importar nuestro dolor.

Chau Luis Alberto, no queda más que el viento...

lunes, enero 23, 2012

Un mundo lleno de Mafaldas


El otro día mi papá -después de haber confundido la sopa con la S.O.P.A.- se preguntó si ya a alguien en el mundo se le había ocurrido relacionar la maligna ley con Mafalda. Hoy, acosado por la desocupación, recordé la charla y busqué si Mafalda ya se había manifestado sobre las sandeces que andan haciendo el senado o lo que sea de los Estados Unidos y sus mascotas del FBI. Y sí, ya se había manifestado, y mucho, solo hay que navegar un poco y se darán cuenta.

No quiero ponerme a despotricar contra nadie, sólo voy a decir que la proliferación de sitios tipo megaupload, de almacenamiento y descarga de archivos -utilizados muchas veces (muchas más de lo que podríamos llegar a imaginarnos) para transmitir piratería- es una muestra clara de lo mal que ha resultado el devenir del plan inicial de los derechos de autor. Hay gente que se ha enriquecido hasta grados extremos gracias al trabajo creativo de alguien más, y muchas veces, las mentes creativas no ven ni la mitad de lo que sus "productores" obtienen. Los precios de la "cultura" (películas, discos, libros y demás) se disparan y está claro -al menos para mí- que, si no se revisan, la piratería seguirá siendo la primera opción para la mayor parte de la población mundial. Quienes gustamos de tener el producto original seríamos los más agradecidos, y las empresas productoras no podrían más que aceptar que venderían muchos más productos.

Por eso, apelando mi impulso primario de repulsión hacia muchas sopas, me uno a Mafalda, una vez más, y les deseo la muerte a los que se metieron con Megaupload. ¡¡Y cuidado con meterse también con Taringa!!


Si, para colmo, se meten con todos los que hemos recurrido alguna (o muchisísimas) veces a los sitios de descargas gratuitas e "ilegales" (pobre amigo Buhete, le esperaría cadena perpetua gracias a su buena voluntad de ayudarnos a todos a encontrar ciertas cosas que los buenos de megaupload o similares no son capaces de almacenar en sus servidores), sucedería lo que el amigo Panchoso -en un poco frecuente comentario acertado- vaticinó: que el FBI y el sistema judicial de los Estados Unidos van a tener que pagarles a todos los "afectados" por las "pérdidas" (ganancias que han dejado de percibir, los muy payasos), porque eso les va a salir mucho más barato que construir la infraestructura carcelaria que se necesitaría para encerrar prácticamente a todos los que tenemos una computadora en el mundo, y mantenerlos a todos con comida, ropa y algo que hacer.

Ahora que he podido arreglar la imagen de fondo que se enchiquitizó por algún extraño motivo, espero que no venga ningún tarado a cambiar todo el blog y poner la lápida que aparece en magaupload:


miércoles, enero 11, 2012

El hombre que veía películas

Ahora que quedó atrás el 2011, es momento de presumir, como todos esos tipos que se acostaron con muchas mujeres o los que viajaron por el mundo o los que se compraron miles de cosas o los que ganaron un dineral. Hice un poquito de eso y un montón de otras cosas. Bueno, ni tanto. Lo que hice fue ver un montón de películas. Cuando empezó el año me propuse ver una película diaria (en promedio), como una especie de reto a mí mismo, como una de esas ridículas promesas de año nuevo que uno nunca cumple. Pero ya que era algo que me encanta y que me resulta absolutamente entretenido, me decidí a planteármelo y fui avanzando poco a poco. A veces veía más de una al día, a veces no veía ninguna en algunos días. Un par de veces en el año estuve incluso adelantado y después me atrasaba, me atrasaba hasta tener que dedicarme bastante y sentarme en largas jornadas delante de la tele. Y así, en esas, se me pasó el año.

Desde la primera que vi (L'illusionniste de Sylvain Chomet, la cosa más triste del mundo en un lindo cine de Buenos Aires cuyo nombre no recuerdo) hasta la última (La piel que habito, de Almodóvar, bien Almodóvar aunque haya sido basada en una novela que no escribió él) le dediqué horas y horas al vicio del "cine" -no fui mucho al cine, la mayoría de películas las vi en DVD-. Recurrí a mi calidad de repetidor y volví a ver mis favoritas -en el top de tops están 2046 de Wong Kar-wai, Gegen die wand de Fatih Akin, Time indefinite de Ross McElwee, Eternal sunshine of the spotless mind de Michel Gondry, Voices of a distant star de Makoto Shinkai, Casablanca de Michael Curtiz, Closer de Mike Nichols, Luz silenciosa de Carlos Reygadas y más que no me acuerdo- y algunas que no veía hace algún tiempo. Incluso vi por segunda vez en la vida unas que había visto en mi infancia y adolescencia y que se guardaban como débiles recuerdos -traumantes en el caso de los malignos conejitos sangrantes que se matan en dibujos animados en Watership down de Michael Rosen (basada en la novela de Richard Adams) o en Dead ringers de Cronenberg- y por milésima vez las que amo repetir -TODO Star WarsBlade RunnerWong Kar-wai, aunque si hubiera tenido un día más en el año hubiera hecho una maratón de The Lord of the Rings con las tres películas de Peter Jackson en edición extendida y las tres animaciones muy anteriores-. En resumen, los ciclos cinéfilos marcaron mi año: Aki Kaurismäki (6 y había empezado el ciclo con otras 6 el año anterior), Woody Allen (16), David Cronenberg (9), Ingmar Bergman (25), Krzystof Kieslowsi (9), Lars Von Trier (12) y cine mudo (13). También la  temporada de documentales con el edoc (41). Reviso la lista y gustoso recuerdo grandes momentos frente a la pantalla: risas, sufrimiento, tensión, incomodidad, impotencia, intrarraquidización...

Más allá de lo fácil que parezca, fue complicado y requirió de determinación. Sentarse cada día frente a la televisión un par de horas o ir a meterse la misma cantidad de tiempo en el cine puede ser más desgastante de lo que se pueda llegar a pensar. Por eso este año pasará sin propósitos complicados, con un poco de ganas y decisión me será suficiente... espero.

lunes, enero 09, 2012

Un libro es siempre un libro


Me gusta leer. No sé desde cuando, sólo sé que me gusta. Nunca he tenido mucha dedicación para nada pero he tratado de dedicarle un buen tiempo a vivir las vidas de otros en el papel (?) Suelo ser lento para todo y la lectura no es la excepción, aunque ha habido memorables temporadas de lectura sin fin, como pasó con El Señor de los Anillos, que devoré con devoción y una impulsividad casi incontrolable. Toda mi infancia había visto los dibujos de los hermanos Hildebrandt del calendario Tolkien 1978 colgados en las paredes, llamándome para que los conozca. Muchísimo tiempo pasó hasta que me decida a leerlos -mi pretexto era que mi papá tenía el Hobbit y la trilogía en inglés-, y la proximidad del estreno de la película de Peter Jackson en el 2001 me hizo despertar. Me dije que no podía ver la película antes de leer el libro, así que empecé por el Hobbit (en inglés), seguí con La comunidad (en español, porque ese sí había en español) y el resto los leí destrozándome la vista en la computadora, con unos pdf que había bajado. Me acuerdo cómo terminaba con los ojos rojos después de regresar de la Tierra Media.

Ahora las cosas han cambiado un poco.

He leído bastante en la computadora -novelas, cuentos, ensayos, muchos textos para la universidad, varios cómics (ese es otro tema)- y ahora he decidido pasar al siguiente nivel: el Kindle. Compré mi Kindle hace un par de meses y lo dejé abandonado un mes entero por el Cero Latitud. Ahora, con tiempo, le he ido cargando de libros que tenía acumulados y de otros que he ido bajando con ese fin. El objetivo principal de la compra de este aparato divertido es poder aprovechar los archivos leíbles que duermen en mi computadora y que jamás leería si se quedasen ahí. Aquí viene el primer punto en contra del Kindle: no lee documentos .doc ni .docx ni .rtf, lo que significa que uno debe transformarles al formato .mobi.

Aquí un desvío momentáneo para aclarar una duda que teníamos antes de comprarlo: el Kindle SÍ PUEDE cargar libros que no sean comprados en Amazon legalmente (si no fuera así, no tendría ni uno), sólo hay que convertirlos para que el aparato los entienda. Para esto recomiendo el software que me bajé y que es una especie de iTunes gratuito para e-books: el calibre. Con él he podido hacer y deshacer lo que he querido con los varios formatos -con algún problema cuando aparecen gráficos en los libros, pero en general funciona muy bien- y lo recomiendo -además que también facilita la organización de los cómics-.

La transformación no es complicada, pero si uno tiene muchos libros digitales, va a tener que invertir un montón de tiempo en convertirlos -además que soy un maldito obsesivo del orden y tengo que cargar las portadas, llenar los tags, dejar bien el título, el autor... y eso lleva mucho más tiempo-. Así que he pasado frente a la computadora organizando lo mejor que puedo mi pobre biblioteca digital. No puedo negar que me entretiene mucho esta labor y que, al hacerlo, se me ocurren nuevos libros o autores para buscar, lo que garantiza que llegue a tener una cantidad absurda de material sin organizar. Pero bueno, vuelvo al tema...

Otro punto en contra que tiene el Kindle es su pobre manejo de los pdf. No puede cambiar el tamaño de la letra, si es un archivo con hojas "anchas", habrá que buscar la mejor manera de acomodarse en ellas para poder leer bien, lo que se empeora si la letra es pequeña y los márgenes grandes; y si son textos escaneados a doble página resulta bastante laborioso encontrar el tamaño ideal para que sea legible y para moverse lo más fácilmente posible por el libro. Algunos se preguntarán por qué no transformo los pdf a .mobi, y la respuesta es que la transformación no siempre es buena, requiere una revisión y depuración, porque si hay notas al pie o números de página, los mete en el cuerpo del texto y hay que estar arreglando manualmente, lo que lleva más tiempo y no es tan divertido como organizar los libritos.

Eso, en resumen, con el Kindle. En general, con los libros que he convertido en .mobi, la lectura es perfecta porque se puede cambiar el tamaño de letra. Con todo archivo tiene el plus que no cansa la vista, es absolutamente liviano y fácil de manejar. Da la chance de organizar dentro de sí los libros para encontrarlos fácilmente, escribir notas, subrayar y es muy transportable...

Pero no es un libro...

Aquí aparece la parte romántica del lector. Uno que ha vivido siempre rodeado de libros -sin que los haya necesariamente leído a un montón-, ha aprendido a amar el papel, la sensación de tener un libro en las manos y sentir las páginas, escuchar el suave crujir de la hoja de un libro viejo cuando se pasa lentamente, sufrir la pequeñísima cortadura de una página en el dedo, percibir el aroma de la tinta sobre el papel, el sonido de la pasta dura... Por eso pensé que talvez la lectura perdería ese algo que me ha acompañado toda la vida. Pero descubrí que no es necesariamente así.

Será porque he tenido la suerte de leer dos libros que me encantaron y me atraparon -Bajo el volcán de Malcolm Lowry y La senda del perdedor, de Bukowski- que no eché en falta el paraíso sensorial de un libro como los de siempre, tangible. No importa dónde o cómo lo lea: si uno se mete en la historia que se cuenta, si los personajes nos dan la bienvenida a su mundo y nos sumergen fácilmente en sus problemas, si se nos llenan los ojos de lágrimas cuando alguien muere o sufre una rotura de corazón, uno no diferencia entre aplastar el botón que cambia de página y tomar la esquina de la hoja de papel para pasarla del otro lado, ni entre la delgadez del aparato y el peso de un libro grande con cientos de páginas, ni entre las texturas ancestrales del papel y la fría tecnología... Los libros viven en lo que se cuenta, no en su apariencia.

Related Posts with Thumbnails